Sentirse perdido hoy no es un problema de orientación, sino de pertenencia. El presente se volvió tan hostil que nos olvidamos lo que se siente habitar un espacio, un momento o una idea donde finalmente podríamos sentirnos seguros. Nos movemos por una intemperie que no es física, sino afectiva. En este paisaje desolador, el tiempo se pliega distinto: las noches no reclaman final y las calles se vuelven una extensión del cuerpo. La posibilidad de desaparecer sin explicación. Son personajes que recorren una noche eterna, envueltos en luces verdes y amarillas, ecos de neones urbanos y madrugadas sin nombre. Pintamos lo borroso, lo que se escapa, figuras que luchan por afirmarse antes de disolverse en la próxima esquina. Y mientras algunos deciden jugar a estudiar los posibles bordeamientos de un centro que ya no existe, para otros el refugio se vuelve una trampa de silencio. Casas sin gente; el silencio de los interiores. Interiores donde la luz que entra es el único habitante, dejando en evidencia que una casa sin sentido de hogar puede ser la versión más cruda de la soledad. Miramos la puerta entornada con la sospecha de que afuera ya no sucede nada, de que no hay nadie. Todo se torna azul, gris, leve; un silencio que crece mientras la penumbra y el misterio se entrelazan. Las casas permanecen vacías porque el hogar ya no protege, y salir podría confirmar la sospecha de que no hay nadie esperándonos. Pintar es el único gesto que nos queda para sostener tanta insoportable levedad. Un intento de fijar, aunque sea por un instante, la experiencia de un tiempo que ya no se siente propio. Una luz encendida en una casa vacía. Una sombra que tarda en irse. Un cuerpo que permanece aunque todo alrededor se disuelva. Y es que no se trata de entender, si no quizás de acompañar.
TEXTO DE SALA ESCRITO POR GUADE ESTIENNE | EL LUGAR QUE FALTA